Viaje a Colombia. El viaje.
Todavía estoy aterrizando de este viaje.
Y creo que tardaré un poco en hacerlo.
Antes de marcharme, mi imaginario era uno.
A la vuelta…
ha superado todas mis expectativas.
Ha sido una combinación perfecta de días libres para explorar, investigar y disfrutar del país, y otros de retiro, formación y conexión con culturas ancestrales, con culturas indígenas (los Koguis).
Una oportunidad para empaparme, hasta donde me ha sido posible, de otras maneras de entender la vida, la naturaleza y la relación con aquello que nos rodea.
Pero el viaje empezó siendo un reto desde el primer momento.
Nada más poner un pie en el último aeropuerto, el taxista que venía a recogernos cometió una primera infracción.
Y mi sistema de alerta se encendió.
Creo que nunca había dicho una mentira de una manera tan consciente:
«No corra, que me mareo fácilmente.»
El miedo apareció.
Y con él, mi sistema simpático se activó.
Y qué curioso…
porque el miedo no acostumbra a ocupar un lugar protagonista dentro de mi zona de confort.
Pero allí estaba.
Miedo a la gente.
Miedo a los animales.
Miedo al entorno.
Miedo al mar.
Al viento.
A la noche.
A los sonidos de la noche.
A lo desconocido.
A que pudiera pasarme algo.
A no volver.
Y, sobre todo, el miedo aparecía cuando se ponía el sol.
Durante el día podía respirar, disfrutar, explorar.
Menos mal.
La cabaña donde dormíamos durante el retiro estaba en primera línea de mar.
Mi maestra (Catalina Rojas) me ofreció cambiar de lugar.( Grácias Catalina por tu soporte en este momento y sin muchas palabras darme fuerzas para quedarme en el lugar)
Y tuve claro que no quería huir.
Sentí que quizá aquella era precisamente la oportunidad de atravesar lo que estaba pasando.
De quedarme.
De sentir.
De sostenerme.
De confiar.
Así que me quedé allí.
Con mi miedo.
Con mi cuerpo.
Con mi sistema nervioso.
Y, poco a poco…
algo empezó a aflojarse.
La noche dejó de ser tan amenazante.
Y pude volver a dormir más tranquila.
Grandes aprendizajes.
Grandes experiencias.
Pero esto os lo contaré otro día.
Porque cuando terminó el retiro comenzó otra aventura.
Esta vez con dos amigas,
amigas del alma.
Y el viaje se volvió a poner interesante.
Todo parecía salir al revés.
Todo parecía ponerse en nuestra contra.
Cada día aparecía una nueva situación que nos hacía preguntarnos:
¿Qué está pasando?
¿Qué hemos hecho mal?
¿Qué nos estamos dejando de escuchar?
¿Qué está pasando con esta energía tan densa?
Colombia parecía no querer dejarnos llegar a nuestro destino:
Pereira.
Lo intentamos de dieciséis maneras diferentes.
Y ninguna funcionó.
Hasta que, finalmente, nos rendimos.
No a la frustración.
Sino al mensaje sutil que estábamos recibiendo…
Y cambiamos de planes.
El nuevo plan también fue todo un reto.
Subiendo a cuatro patas por la montaña con las maletas, al anochecer, llegamos al hostal que habíamos reservado.
Y allí descubrimos que nuestra habitación tenía…
una sola cama para tres. Increible! ( Risas a carcajadas para sostener y equilibrar el sistema…el cuerpo sabe mucho)
Sin ventanas.
Sin mosquitera.
Directamente en medio de la selva.
Nos quedamos allí dos noches.
No os explicaré todos los detalles.
Todavía los estoy procesando.
Y entonces llegó otro momento.
Nosotras teníamos previsto volver el día 11.
El día 10, a las nueve de la mañana, teníamos que coger el vuelo de Bogotá a Barcelona ( bueno a Toronto primero) .
Pero, en un instante…
algo hizo clic dentro nuestro.
Algo nos estaba cuidando.
La Sierra de Santa Marta nos estaba acompañando.
Y el mensaje que nos llegaba era claro:
no tenemos que continuar viajando por aquí.
Tenemos que volver a casa.
Era un mensaje tan profundo y tan claro que decidimos escucharlo.
Sin darle demasiadas vueltas.
Sin intentar convencer a la mente.
Sin pensar demasiado en el dinero de cambiar los vuelos.
Ni en qué podían pensar los demás.
Escuchamos.
Y actuamos.
Y desde aquel momento…
todo empezó a fluir.
Las puertas se abrían.
Los trayectos encajaban.
todo fluia...
Cada pequeño detalle parecía ponerse a favor nuestro.
Volvimos a casa el día 8.
Y unos días después, el 10 de agosto, Colombia sufrió un terremoto de magnitud 7,4. Pereira fue una de las zonas más afectadas.
No quiero convertir esta coincidencia en una explicación.
No sé si nuestra intuición tuvo algo que ver.
No sé si fue casualidad.
No sé si hay algo más grande que nosotros que, en determinados momentos, podemos percibir.
Lo que sí sé es lo que vivimos.
Sé lo que sentí. (sentimos)
Sé la claridad de aquel momento.
Sé que algo dentro de mí (nuestro) dijo «hasta aquí».
Y sé que, esta vez, elegí (elegimos) escuchar.
Y ahora estoy ( estamos) aquí… en casa…
todavía intentando integrar todo lo que ha pasado.
Impactada por lo que ha sucedido en Colombia.
Por las personas afectadas.
Por las pérdidas.
Por todo el dolor que deja un hecho así.
Y también impactada por nuestra experiencia.
Pereira, aquel lugar al que intentamos llegar de todas las maneras posibles y al que no conseguimos llegar…
fue una de las zonas más afectadas.
Y entonces me quedo con una pregunta que no sé responder:
¿Qué fue aquello que sentimos?
¿Cómo pudimos leer ese mensaje?
¿Por qué en aquel momento sentimos que teníamos que parar?
¿De dónde vino aquella certeza?
Quizá nunca lo sabremos.
Pero hay momentos en la vida en los que la mente no tiene ninguna explicación.
Y quizá no siempre necesitamos tenerla.
A veces solo necesitamos aprender a escuchar.
Escuchar el cuerpo.
La intuición.
Lo que pasa dentro.
Lo que pasa fuera.
Y confiar.
Porque cuando entras en contacto con algo que sientes más grande que tú…
quizá no necesitas comprenderlo todo.
Solo estar disponible para escucharlo.
Y después…
atreverte a actuar.
Aquí estoy, disponible para apoyar a Colombia. Un abrazo enorme a togas mis compañeras de retiro y de vida que se encuentran en està experiencia de vida de forma directa. 🤍