Amar lo que es

A veces es muy difícil amar lo que es.

Sobre todo cuando lo que está sucediendo no encaja con aquello que nuestra mente cree que “debería” estar pasando.

Y normalmente esa idea de lo que debería ser no nace de la libertad…

sino de lo conocido.

De nuestra zona de confort.

De esos lugares internos que buscan proteger heridas antiguas: abandono, rechazo, humillación, traición, inseguridad…

Entonces aparece la resistencia.

Queremos salir de donde estamos…

pero al mismo tiempo nos quedamos.

Tenemos una situación concreta

y deseamos que sea distinta.

Otra pareja.

Otro trabajo.

Otra casa.

Que la conversación hubiera ido diferente.

Que la comida no se hubiera quemado.

Que el coche no se hubiera roto.

Y ahí aparece una parte muy humana que todas tenemos:

la víctima interna.

Esa voz que se queja.

Que protesta.

Que siente que la vida debería tratarla de otra manera.

Y si nos despistamos…

acabamos alimentándola sin darnos cuenta.

Lo interesante es que hoy la neurociencia empieza a explicar algo muy profundo:

nuestro cerebro está diseñado para detectar amenaza y enfocarse más fácilmente en lo negativo.

La amígdala —una estructura relacionada con la supervivencia emocional— se activa antes frente al peligro, la pérdida o la incomodidad.

Y además, el cerebro crea conexiones neuronales más fuertes cuando repetimos ciertos pensamientos y emociones.

Por eso, cuanto más habitamos la queja, la resistencia o el “esto no debería estar pasando”, más fácil es que nuestro sistema vuelva automáticamente ahí.

Pero también existe otra posibilidad.

Gracias a la neuroplasticidad, el cerebro puede transformarse.

Podemos crear nuevas formas de relacionarnos con lo que vivimos.

Y aquí aparece algo que para mí ha sido profundamente revelador:

muchas veces, la verdadera transformación no sucede cuando conseguimos cambiar lo que pasa fuera…

sino cuando dejamos de luchar contra lo que ya es.

Aceptar no significa resignarse.

Ni justificar.

Ni dejar de actuar.

Aceptar significa dejar de pelearte internamente con la realidad.

Porque solo cuando puedo mirar algo tal y como es…

puedo empezar a transformarlo desde un lugar consciente.

Y curiosamente, muchas veces el cambio llega justo ahí.

Cuando dejo de tensarme contra la vida.

Por eso hoy quiero invitarte a parar un instante.

Mira tu vida alrededor.

Y aunque haya cosas que todavía no comprendas…

pregúntate:

¿qué pasaría si pudiera abrir un poco más el corazón hacia esto que estoy viviendo?

Quizá la mente no pueda entenderlo todo.

Pero el corazón…

muchas veces sí puede abrazarlo.

Y tal vez evolucionar no consiste en controlar más la vida…

sino en aprender a amarla más.

Siguiente
Siguiente

Si realmente deseas renacer, la entrega es a morir.¿Te atreves?