Hacerse un bicho bola

El bicho bola, cuando siente peligro, no huye ni ataca.

Se enrolla.

Se protege.

Es su forma de sobrevivir.

Los humanos hacemos algo parecido.

Cuando algo duele demasiado,

cuando sentimos que no hay espacio para lo que somos,

nos encogemos.

Nos hacemos pequeños.

Nos callamos.

Nos guardamos.

Hasta aquí, todo bastante humano.

El problema aparece cuando en tu familia no está bien visto hacerse bicho bola.

Cuando la consigna implícita es otra:

“aquí no se está triste”

“no exageres”

“espabila”

“no pasa nada”.

Entonces pasa algo curioso.

El niño o la niña que necesita recogerse un rato

empieza a sentirse equivocado por necesitarlo.

Y aparece una segunda capa de dolor.

No solo duele lo que pasó.

También duele no tener permiso para protegerte.

Así que aprendes a hacerlo a escondidas.

Te haces bicho bola por dentro

mientras por fuera haces ver que todo está bien.

Sonríes.

Cumples.

Funcionas.

Pero dentro sigues hecho bola.

Y claro…

desde fuera nadie entiende por qué te cuesta tanto abrirte.

Por qué tardas tanto en confiar.

Por qué a veces desapareces emocionalmente.

Porque nadie vio cuándo aprendiste a esconderte.

Hacerse bicho bola no es el problema.

A veces es una forma muy sabia de cuidarse.

El problema es cuando no hubo nadie que te dijera:

“cuando quieras, puedes salir de ahí.”

Porque un bicho bola no vive siempre enrollado.

Se abre cuando vuelve a sentirse seguro.

Y muchas veces la terapia es justo eso.

Un lugar donde alguien no te empuja a salir.

Pero se queda cerca mientras decides hacerlo.

¿En tu casa estaba permitido hacerse bicho bola?


Anterior
Anterior

Sentir que tu vida va a la deriva.

Siguiente
Siguiente

Presentació del procés de L’Era, espai de trobada